sábado, 14 de marzo de 2009

El Gran Cristal de Belukha

En Agosto del 2007 un grupo de 7 Misioneros Rahma de diversos países, encabezados por el peruano Ricardo González, se reunieron en Mongolia para emprender una expedición al Desierto de Gobi. Allí, desde el Siglo 19, los Lamas del Monasterio de Khamar, custodian uno de los Portales Dimensionales a Shambhala, la mítica Sede de la Hermandad Blanca de la Tierra.

El 8 de Agosto, el Portal se abrió para los Misioneros, quienes se encuentraron con un gigantesco Cristal Verde Octoédrico de origen Extraterrestre. Curiosamente, 7 días después, se produjo en Perú un violento terremoto de 7º Richter, que parece tener alguna relación con la experiencia de los Expedicionarios.

Mientras tanto, el grupo pudo «armar el rompecabezas» de la historia del Gran Cristal, que estaría entroncada con la leyenda del Santo Grial y episodios desconocidos del llamado «Plan Cósmico».

Finalmente, el 10 de Setiembre del mismo año, Ricardo dió a conocer «Los Ojos de Shambhala», su informe sobre el viaje, del cual extractamos aquí lo principal: lo sucedido al traspasar la Puerta.

Y, para ir entrando en calor, les dejamos como introducción estas imágenes filmadas por los Misioneros Rahma en el Monasterio de Khamar, donde se custodia la Puerta a Shambhala:

Los Ojos de Shmabhala


Decenas de stupas y «Los Ojos Que Todo Lo Ven» de Buda, protegen el área sagrada en donde se halla la Puerta Dimensional del Desierto de Gobi.




UNA PUERTA INVISIBLE

[...]

Al salir, llenos de esa energía maravillosa que nos abrazó, nos dirigimos a la stupa de piedra. Al llegar a ella nos colocamos en media luna sin soltarnos de las manos. Nos tomamos con firmeza. Y mantuvimos el silencio.

Difícil describir lo que pasó a continuación.

Desde la stupa de piedra, una fuerza empezó a surgir y, con «inteligencia», se fue acercando al grupo, a cada uno. Las sensaciones de mareo, presión en la cabeza y calor hicieron presa a varios de nosotros. Con los ojos abiertos, se podía apreciar cómo «mutaba» la stupa de piedra en otro objeto, que parecía adquirir la forma de un gran octaedro verde brillante, tan intenso como el color de la esmeralda. De él se aproximó una fuerza a Cuckie, que hizo que ella saliera de su cuerpo y fuera llevada a un lugar que en ese momento olvidó de repente. Es que nuestra amiga se había cañido al suelo cuando esa fuerza la «absorbió». Una fuerza que fue «sacando al grupo», «transportándolo» a algún punto físicamente existente, pero que también posee sus rutas, puertas y caminos en otras dimensiones. No todos se dejaron ir completamente por temor a caer al suelo como sucedió con Cuckie.

A mí también me ocurrió, pues al dejarme «absorber» por aquel maravilloso cristal, tuve la visión de una escena que podría hacerse realidad en el futuro: un gran terremoto. En la imagen, yo estaba en medio del movimiento sísmico, y veía cómo toda una ciudad se desmoronaba ante el pánico de la gente. Fue tan real, y tan espantoso, que también caí al suelo, tomando mayor conciencia de mi cuerpo y del lugar donde estaba.

Aún con la vista perdida por la intensidad de la visión —si se la puede llamar así— distinguí a Isabel a mi lado. Se había agachado sin soltarme de la mano. Sentí que todo el grupo estaba «conectado» al mismo lugar que generaba este fenómeno. Y a todos nos estaban pasando cosas muy intensas. Estábamos recibiendo gran cantidad de imágenes e información. Sin embargo, hasta ese momento, ninguno de nosotros se había dejado ir completamente.

Entonces una voz, la misma que me había «orientado» en el templete, penetra mis pensamientos y me dice:

—Tienes que dejarte ir. Quédate tranquilo, que el tiempo que estarás con nosotros serán breves segundos para tus compañeros.

Sólo lo decidí. E inmediatamente dejé de sentir la mano de Isabel.


EL CRISTAL MAESTRO Y LOS 32 MENSAJEROS DE BELUKHA

De pronto me hallé de pie en una gran habitación escavada en la roca. Sabía que este lugar se encontraba bajo tierra y muy distante de la ubicación física del grupo en el extremo oriente del desierto de Gobi. Aquel salón estaba iluminado por una fosforescencia verdosa, que era emanada por un inmenso cristal que atesoraba el mismo color. Se trataba del objeto que vimos en el desierto, en el lugar donde debería estar la stupa de piedra. Ahora lo podía ver con mayor claridad. Ciertamente se trataba de un cuerpo enorme, que flotaba y parecía estar encantado, dotado de vida.

Entonces observé cómo de este gran cristal se desprendió un elemento menor, dando la impresión que «nacía» del cuerpo principal. Se separó con suavidad, siendo también cristal pero en estado líquido, como el mercurio, pero un verde intenso. Se derramó lentamente en el suelo y luego se solidificó en una pequeña gema, que empezó a brillar con autoridad como si se tratase del mismo cristal mayor. Es decir, ambos estaban separados, pero unidos energéticamente.

Luego de observar esta importante escena que inauguraba mi inesperado viaje astral —extraordinariamente consciente y guiado por «ellos»— «aparecí» en un gran salón de construcción artificial. No era una galería subterránea. Me hallaba dentro de una suerte de hangar abovedado, muy amplio y de aspecto metálico. El color de ese metal, que predominaba en el suelo, paredes e inclusive en el extraordinario techo convexo, era un gris oscuro, de aspecto muy sólido. Todo estaba iluminado por una débil luz «transparente».

En este «hangar» —le llamaré así— había dos filas de cristales octaédricos, una ubicada sobre el extremo izquierdo de mi ubicación, y el otro conjunto de objetos a mi derecha. Estaban ligeramente inclinados en su parte superior de tal manera que descansaban en las paredes laterales del hangar. Eran cristales blancos muy grandes, estimo un poco más de dos metros de altura. Me fui acercando a ellos. Y entonces noté que la luz transparente que iluminaba ligeramente el lugar provenía de estos cristales. Todos estaban «encendidos», menos uno. Era el primero de la izquierda.

Entonces me acerqué al objeto. Y al llegar a él, noté que el cristal estaba diseñado para que alguien pudiera estar ubicado en su interior. Pero allí no había nadie.

En ese instante tuve una extraña sensación. «Sabía» a quién correspondía ese cristal. Y también comprendía por qué aquel ser no estaba allí. En un abrir y cerrar de ojos tomé conciencia de que me hallaba en la nave de los 32 enviados que fundaron Shambhala. Los cristales eran sus lugares de descanso; en ellos sus cuerpos se encuentran criogenizados, en «animación suspendida». Había 33 cristales en el hangar. Uno solo estaba vacío...

—«Ven, ven aquí» —me dijo una voz.

El llamado provenía del otro extremo del hangar, en donde se hallaba la segunda hilera de cristales. Me aproximé, y al examinar aquellas «cápsulas», observé en ellas a seres de aspecto humano —aunque estilizados—, todos parecían ancianos y algunos de ellos tenían gran estatura. Lucían como si estuvieran durmiendo. Estaban con los párpados cerrados.

Procuré no distraerme y seguí caminando, despacio, y me detuve seguro en el quinto objeto.

Había un ser de unos dos metros de estatura. De piel muy blanca y arrugada en la frente, el mentón y el cuello. Los ojos, aunque descansaban, eran grandes y ligeramente separados. Aquel anciano de cabello cano muy delgado poseía el cuerpo de un joven atleta: una silueta fornida vestida en un traje plata y gris, que se confundía con el brillo que emitía su «cápsula». La luz salía del interior mismo del cristal.

—Era yo quien les hablaba —se dirigió a mí aquel ser, aunque seguía «durmiendo» en su cápsula—. Mi nombre es Emuriel.

Me quedé de una pieza. Impactado. Con una viva emoción, mientras me preguntaba cómo había terminado en ese hangar.

—Fue el Gran Cristal lo que te trajo ante nosotros —intervino Emuriel.

Entonces recordé cómo se había dado todo. El trabajo del grupo, el viento sobrenatural en el templete, la fuerza increíble que nos absorbió en la stupa de piedra, y la espantosa visión del terremoto, con los edificios cayéndose y la desesperación de la gente.

—¿Qué significa la visión del terremoto? —pregunté—. ¿Ocurrirá, o es sólo una advertencia?

—Lo que les mostró el Gran Cristal es una escena del futuro —respondió pausado Emuriel—. Es información para que estén preparados para ciertos eventos que pueden ocurrir en la superficie.

—Pero, fue tan duro verlo —repuse—. ¿Qué sentido tiene?

—¿Qué fue lo que más te impactó de esas imágenes? —inquirió— ¿El violento movimiento? ¿Las construcciones viniéndose abajo? ¿Qué fue lo que realmente te afectó? ¿Y tú, cómo estabas en ese momento?

Emuriel me obligó a revisar nuevamente tan dramáticas escenas. Pero al hacerlo, entendí qué quería que viera...

—La gente, me impactó ver a la gente tan confundida —dije—. Todo era espantoso, sin embargo yo estaba tranquilo en la escena. Sólo pensaba en qué debía hacer en ese momento para ayudar.

—Ese es el mensaje —señaló—. Tengan presente que hay cosas que tendrán que suceder como parte de la transformación del planeta. Deben ser fuertes ante ello. Recuerden que vuestro trabajo no sólo está aliviando los ajustes de la Tierra y hasta evitando algunos momentos difíciles generados por la ambición de algunos hombres; también están trabajando en la preparación de la gente, para que asuma con otra actitud el cambio que está por venir.

—¿Y es necesario tanto dolor? —cuestioné.

—Gracias al trabajo de ustedes el proceso será menos traumático —explicó, siempre con voz pausada—. Sin embargo comprendan que es un cambio inevitable que requiere ordenar todas las fuerzas del planeta. Estos cambios sumirán en la desesperación a muchos. Les confundirá y no sabrán interpretar lo que está ocurriendo, como te mostró el Gran Cristal. Otros, despertarán de su letargo cuando todo esto se intensifique, aunque el tiempo es corto y podría ser muy tarde. Dependerá de la preparación y conciencia de cada uno para sobrellevar la experiencia. He allí donde entran ustedes. Fueron intensamente preparados para impartir ese conocimiento a sus hermanos. Y en este tiempo.

—Hábleme del Gran Cristal. ¿Por qué está aquí? ¿Cómo puede «ver» el posible futuro? —consulté.

—El Gran Cristal nos «avisa» de ciertos momentos que pueden ocurrir en la línea de tiempo que ustedes denominan «futuro» —respondió—. Como saben, al ingresar a vuestro tiempo, que es una realidad paralela a la dinámica que impera en el Universo, nos es imposible ver el futuro con nuestros propios medios. Sólo podemos hacer una proyección hipotética sobre la base de ciclos planetarios y cósmicos, error y experiencias, observación y estudios científicos, pero no psíquicamente. El Gran Cristal está dotado de ese don. Cuando él «ve» algo, nos lo muestra, entonces nosotros actuamos.

—Pero, ¿cómo lo hace? —pregunté extrañado.

—No lo sabemos —respondió Emuriel—. Sencillamente, ocurre. Y creemos que la respuesta a todo lo que puede radica en su origen.

De pronto una colosal imagen del espacio se mostró allí mismo, desdibujando el hangar y haciéndome sentir parte de la escena: una extraña nave, semejante a un gran buque gris, pero sin la arboladura, emergía lentamente de lo que identifiqué como la Nebulosa de Orión.

—Desde que se halló el Gran Cristal, la vida de todas las criaturas del espacio no fue la misma —intervino Emuriel, guiando la visión—. El descubrimiento de los cristales como materialización de la luz pura nos había permitido dar un importante salto tecnológico. Pero el Gran Cristal era distinto, pues poseía el secreto mismo de la Creación...

Recordé entonces las últimas experiencias que tuvimos en Egipto vinculadas a Orión y las guerras extraterrestres, y las primeras informaciones que fuimos recibiendo sobre la naturaleza misteriosa de un cristal de origen cósmico. Todo parecía estar vinculado. En anteriores experiencias se nos había transmitido que aquel objeto era una probable «materialización» de la energía del Universo Mental, al emanar nuestro plano físico. Una relevancia extraña, sin duda, pero al mismo tiempo el eje principal de una historia importante.

Según los Guías, la Creación está dividida en tres grandes planos: uno espiritual, uno mental, y un plano material. Todo ello se engendró de «arriba hacia abajo». De acuerdo a esta cosmogonía extraterrestre, el Universo Mental creó al Universo Físico «transmigrando» su energía para generar una singularidad con la aparición del espacio y el tiempo. Algunos científicos de la Tierra denominaron «Big Bang» a ese fenómeno. Pero hoy sabemos que nuestro «Universo» es en realidad uno de tantos en la vasta creación. Con la aparición de la vida inteligente y el desarrollo de avanzadas civilizaciones en las estrellas, la navegación espacial y la exploración de lejanos planetas se transformó en algo normal. La búsqueda y el estudio de aquellos seres que nos precedieron apuntaban a la comprensión de la Creación.

Así, hallaron en el centro de algunas galaxias y formaciones nebulosas «portales» a ese Universo Mental. Y en esa exploración descubrieron la tecnología de los cristales, elementos que fueron empleados con múltiples propósitos desde que fueron hallados en sus viajes espaciales. Sin embargo, al encontrar aquel «Gran Cristal» en el corazón de la Nebulosa de Orión, vieron en él el primer elemento que había «pasado» desde lo mental a lo físico, conteniendo en su estructura la «fórmula secreta» de cómo se había «creado» el plano material, la arquitectura de sus energías y la geometría oculta de todas las existencias. Poseer ello, suponía alcanzar un gran poder.

—Por ello muchas civilizaciones lo pretendían —intervino Emuriel—. Como sabes, fue la verdadera causa de la Guerra Antigua.

—¿Y por qué lo trajeron a la Tierra, sabiendo todo lo que despertaba en sus mundos de origen? —cuestioné.

—Ninguno de nosotros era capaz de descifrar el contenido y misión del Gran Cristal —repuso el anciano—. La profecía señalaba que una humanidad nueva de un distante planeta podría lograrlo, y cuando ello ocurriese, un cambio importante se daría para todas las formas de vida en el Universo.

—¿Profecía? —dije—. ¿Quién hizo esa profecía?

—Nuestros ancestros, los primeros exploradores, aquellos que viste en aquella gran nave espacial. Ellos encontraron el Gran Cristal y de alguna forma lo supieron.

—¿Dónde se encuentran ahora?

—No lo sabemos —contestó reflexivo—. Se exiliaron cuando se dieron las primeras conflagraciones.

—Ustedes protegían al cristal —dije seguro—, hasta que supieron de la Tierra y lo trajeron aquí para ver si se cumplía la profecía.

—Así es —afirmó—. Pero esa era sólo una parte de nuestra misión al venir aquí. Nosotros procurábamos sembrar la semilla de la paz en este planeta, que desde un principio despertó el interés de distintas fuerzas en el Universo. Teníamos que velar por el proceso humano, y por ello decidimos acompañarlos hasta el final.

El ser hizo una pausa, como revisando sus recuerdos, y luego prosiguió con cierta solemnidad:

—No sabíamos lo que iba a ocurrir cuando trajimos el Gran Cristal a la Tierra. Al establecernos el objeto se activó, pues luego de la gran guerra estuvo dormido por milenios. Y aquí engendró un pequeño cristal, que se ha venido mezclando con la humanidad en los momentos más importantes de su historia, algunas veces a la vista de los hombres, y otras en secreto.

Ante estas palabras temblé, pues sentí lo que podían significar. Era una confirmación a una pista que veníamos siguiendo desde hace mucho.

—Fue así como el Gran Cristal despertó y se alineó a las energías de este planeta —añadió grave Emuriel—, enlazando sus caminos de luz y abriendo portales. Aquella energía verde brillante que suele observarse en los Retiros Interiores proviene de él, pues todo lo llena de vida, es el corazón del mundo subterráneo.

—¿Y qué pasará con el pequeño cristal que se desprendió de él? —pregunté.

—Cuando vuelva a su «madre» —habló despacio—, portando toda la información que recopiló de la raza humana, se habrá terminado de cumplir su misión. Entiendan que estos objetos no son importantes en sí mismos más allá de toda la historia que se les ha revelado. Que ello no les distraiga. Todo esto está pasando por ustedes. He allí la clave. La experiencia humana es lo verdaderamente trascendental para que la profecía se cumpla.

—Maestro —me apresuré a preguntar— ¿Cuál es el paso más importante al haber llegado aquí? ¿Cómo seguirá el proceso de la misión de contacto?

—Si no hubiesen llegado físicamente al desierto de Gobi esta experiencia no estaría ocurriendo —sentenció—. Al arribar han terminado de unir fuerzas y energías que fueron activando y recibiendo en distintas experiencias con los orientadores y mensajeros, así como las diversas peregrinaciones que llevaron a cabo a los Retiros Interiores. Están sellando un proceso para iniciar otro.

—Es esa nueva etapa de la que hablan los mensajes, ¿verdad?

—Pero no la entiendan como una «etapa» en sí, sino como un momento donde cada uno irá ingresando gradualmente. Es la realización del mensaje en sus vidas como nunca antes, un proceso que a algunos les llevará a dar grandes pasos. Recuerden que alguna vez se les dijo que al final comprenderían que el verdadero contacto es con uno mismo. No es sólo un símbolo, es real y tienen que vivirlo. Ello realiza la profecía, pues ésta habla de ustedes y del futuro. Todos estos años fueron la preparación.

Habrá cambios que a muchos sorprenderá —prosiguió—, pues pasarán de ser «contactados» a «conectados», un estado diferente que los unirá con el todo absoluto. Esto quiere decir que en estos años de transición algunos de ustedes deberán caminar solos, aplicando en vuestra vida todo lo aprendido y teniendo como Guía y Maestro a vuestro propio interior.

—¿Esto quiere decir que el contacto acabará? —pregunté—. ¿Qué pasará con los grupos, los viajes, la dinámica actual de la Misión?

—El contacto nunca acabará —afirmó con una paz sobrecogedora—, sino que se transformará con ustedes como parte de un importante paso de crecimiento. Es más que necesario para sellar los objetivos finales de la Misión. No olviden que donde existe un verdadero mensaje de amor siempre habrá grupos para realizarlo. Lo que cambiará serán sus mentes. Vivirán una gran metamorfosis de conciencia que les llevará a ser menos dependientes, más libres, espirituales y profundos. Ello sin duda generará cambios en las formas a las cuales se han venido acostumbrando, pero es adentro de ustedes mismos donde todo se precipitará.

No te preocupes en explicar esto a los grupos —enfatizó—, pues es un proceso que cada uno debe vivir. Es personal. Y muchos ya lo están sintiendo.

Emuriel tenía razón. Más allá de las interpretaciones que podían hacerse de los mensajes, había una señal interna que advertía de que «algo» importante estaba por ocurrir con nosotros. Yo mismo lo empecé a sentir con mayor fuerza desde que pisé el desierto de Gobi. Un proceso se cerraba. Venían tiempos diferentes y nuestras labores también cambiarían. O más bien, se definirían.

Me quedé detenido frente al cristal octaédrico donde descansaba Emuriel. Viendo sus párpados cerrados y la paz que transmitía su rostro comprendía que ellos habían decidido quedarse en la Tierra por voluntad propia, hasta el final de la profecía del Gran Cristal. Para ello, habían aplicado la tecnología de navegación de la nave que permite criogenizar a todos sus tripulantes durante los viajes largos. Durante miles de años de los nuestros aquel vehículo extraterrestre había cumplido eficientemente sus funciones, manteniendo vivos a los 32 mensajeros, que esperan el desenlace de esta historia para dejarse ir y unirse nuevamente al Universo.

—¿Dónde se encuentra esta nave? —me dije.

—En un principio se hallaba bajo las arenas del desierto de Gobi —intervino Emuriel—. Pero luego fue trasladada a esta ubicación. Te encuentras bajo el Monte Belukha, la montaña más alta de la cadena del Altai.

El Monte Belukha, con más de 4.500 metros, es la montaña más importante de la cadena del Altai. Con sus dos picos principales resalta a la distancia en el suroeste de Siberia, no lejos del norte mongol. Emuriel me explicó que ubicar la nave bajo el gran macizo de roca era una estrategia de protección, pues otras civilizaciones extraterrestres procuraron destruirlos en arriesgadas misiones cuando descubrieron que los 32 se hallaban establecidos en nuestro planeta. La cuarentena de los Vigilantes había logrado protegerlos, aunque en el último intento de atacarlos se registró una baja en la Confederación [Galáctica], precisamente sobre los ciclos de Siberia, mientras se procuraba poner a salvo la instalación subterránea del Belukha. Aunque el ataque fue repelido, una nave de guardianes y vigilantes, herida luego del enfrentamiento, no tuvo más remedio que autodetonarse antes de impactar en el suelo. Esto ocurrió el 30 de junio de 1908, en Tunguska.

Ahora comprendía por qué en la experiencia de Celea (Chilca, febrero 2001), [el Vigilante] Ishtacar me había hablado de ese incidente...

Observé nuevamente el hangar. Me resultaba increíble aceptar que me hallaba en el corazón de aquella nave y frente a la presencia de los 32 mensajeros. En ese paneo por el lugar distinguí en el centro y al fondo de las dos hileras de cristales un objeto que contrastaba con todo lo que había visto allí: un sillón de piedra, corpulento y membrudo, de un color oscuro como el basalto. Se podía apreciar que no formaba parte de la estructura original de la nave. Había sido puesto allí después. Pero, ¿con qué fin?

—Cuando se cumpla todo, «El Primero de los Antiguos» se sentará allí —interviene Emuriel—.

—¿Quién es el «Primero de los Antiguos»? —hice esta pregunta a conciencia, pues muchas interpretaciones se han dado en la misión sobre su significado.

—Nosotros empleamos ese término en diversas circunstancias —explicó—. Hay distintos significados de acuerdo al contexto. Más el «primero y el último» es en realidad una sola persona, el «Alfa y el Omega», el que vino y el que volverá para unirse con nosotros cuando el proceso haya concluido.

Jesús —dije emocionado—. Jesús es el «Primero de los Antiguos».

—Y viene pronto —añadió el anciano—. Todos lo esperamos.

—¿Y qué ocurrirá? —consulté—. ¿La nave se elevará? ¿Ustedes despertarán?

—Nuestra nave, la «Gran Campana» o, si lo prefieres, «El Corcel Blanco», volverá al lugar de donde vino. Y nosotros también.

Vuelve con tus compañeros —me dijo—. Ellos también estuvieron aquí. Juntos irán recordando y tomarán conciencia de todo.

Deben saber que se están llevando la energía del Gran Cristal. Una energía que les permitirá hacer cosas maravillosas y positivas por los demás. Cuando ese don que se les otorga se «active» y empiece a operar, podrán transmitirlo a sus hermanos...

Sentí entonces un ligero viento en mi rostro. Tenía la pierna derecha apoyada en el suelo y acalambrada por la posición. Aún estaba en el suelo e Isabel seguía sosteniendo mi mano con firmeza. La stupa de piedra estaba frente a mí. Había «vuelto».

Recordaba con claridad mucho de lo vivido, aunque no podía ordenar los tiempos en que ocurrió cada instante de la experiencia. No obstante mi mente había retenido los diálogos con Emuriel y las visiones de la historia del «Cristal Maestro».

Estaba emocionado. Y mis compañeros de viaje también, pues todos habían tenido sus propias vivencias.

Al terminar nuestro trabajo frente a la stupa, abandonamos el lugar en silencio. Esa noche fue tan especial para todos nosotros.

Cuando llegó el momento de compartir, constatamos que habíamos recibido partes de una misma historia, una reveladora historia que empezaba a tomar forma. Ciertamente todos habíamos accedido a esa información. Ahora teníamos que meditarla y compartirla.


ALQUIMIA CÓSMICA Y FUNDACIÓN DE SHAMBHALA

«Colocaron en el centro un rayo de gran potencia dador de Vida, dador de luz, llenando con sus poderes a todo aquel que se les acerque. Colocaron tronos a su alrededor, tiene treinta y dos lugares, uno para cada uno de los Hijos de la Luz, colocados de tal manera, que constantemente les da la radiación, llena con la Vida de la Luz eterna».

Tablas Esmeralda de Hermes Trismegisto

El Universo Material fue creado por una realidad «no física», dicen los extraterrestres. Ellos denominan a esa realidad «Universo Mental», un lugar —si se puede emplear ese término— donde la luz es semejante en naturaleza a un pensamiento humano. La historia cuenta que desde allí se emanó el plano de la materia, dando aparición al espacio-tiempo y el nacimiento de gigantescas galaxias, estrellas, planetas, y todo el conglomerado celeste que hoy por hoy procuramos desentrañar observando el firmamento.

Con la aparición de vida inteligente, y el desarrollo de naves espaciales, la exploración del Universo y sus misterios fue una constante. De esta forma llegó el descubrimiento que cambió vertiginosamente el desarrollo tecnológico de las civilizaciones extraterrestres que nos precedieron: sus primeros exploradores hallaron una forma extraña de cristales muy cerca del centro de las grandes formaciones nebulosas y próximas al peligroso núcleo de algunas galaxias —en donde muchas veces perecieron al ser absorbidos por hoyos negros supermasivos—; entonces sus científicos tomaron muestras y las estudiaron intensamente, concluyendo de que se trataba de un desconocido fenómeno de «transmigración» de energía al haberse creado el Universo Material. Es decir, aquellos cristales provenían del plano de la mente en donde la luz no es física, pero que llegó a corporizarse al «pasar» al nuevo plano material que había sido engendrado.

Estos cristales eran diferentes a otros que eran conocidos en sus mundos de origen, generalmente formados durante la cristalización lenta de los magmas terminales —como ha ocurrido también en la Tierra—; el reciente hallazgo de aquellos impresionantes objetos verdes brillantes ponía todo en jaque: tenían un origen sobrenatural que les permitía acumular mayor cantidad de energía que los cristales convencionales. Ello, como es de imaginarse, supuso un gran salto tecnológico para aquellas civilizaciones que, con el transcurso del tiempo, fueron aplicando el empleo de esos objetos para la industria, la navegación espacial, y más tarde para la guerra. Les llamaron «Ergomenón». Y de acuerdo a su geometría y programación podían ser aplicados a distintas tareas. Pero aún no habían visto todo.

Un grupo de científicos decidieron estudiar el centro de la Gran Nebulosa de Orión. No era la primera vez que lo hacían, pero un accidente afortunado les llevó a dar con el mayor de los descubrimientos.

La importante nave, en la cual se desplazaban a través del torrente de radiación ultravioleta de la gran nebulosa —y resistiendo las duras condiciones allí reinantes— golpeó de pronto un objeto que inicialmente pensaron se trataba de masa en formación. A través de sus pantallas vieron el cuerpo de roca, ya fragmentado, y distinguieron en su interior descubierto un brillo esmeralda que ya conocían.

Inmediatamente introdujeron el objeto en la nave y, al limpiarlo de su efectivo «camuflaje», se encontraron con un bellísimo cristal octaédrico, que de inmediato se encendió y les mostró cual oráculo el futuro de su civilización, la gran guerra que vendría, y la aparición de una nueva raza que daría esperanza a todo el Universo.

Los científicos que hallaron el Gran Cristal, sorprendidos, comprendieron que aquel cuerpo había sido el primero en «pasar» al Universo Material cuando el plano entero fue creado. Representaba el camino por el cual la luz mental se hizo sólida: una suerte de alquimia cósmica, y por ende el secreto de cómo se habían «construido» los mundos y soles, los portales y las galaxias. Aquel cristal maravilloso encerraba la fórmula de la Creación. Pero, ¿de qué estaba hecho aquel objeto? ¿Cómo se formó?

Generalmente se sabe que en un cristal las moléculas, átomos o iones se encuentran organizados simétricamente. Este orden interno muchas veces dictamina la «apariencia» del cristal. Empero estas formaciones no son exclusivas sólo de los minerales, sino también de compuestos orgánicos, incluso el agua. ¿Era un ser vivo aquel cristal? ¿Qué fuente mantenía el orden de su perfecta estructura geométrica? ¿Cómo podía «ver» el futuro?

Sea cual fuese la respuesta, los exploradores extraterrestres no podían abandonarlo a su suerte en el espacio. Sabían que no tenían más remedio que llevarlo con ellos. Finalmente lo tomaron como una misión, y se transformaron en sus primeros custodios.

El resto de la historia ya la conocemos: la denominada Guerra Antigua estalló en el mismo lugar donde anteriormente se había hallado el extraño cristal. Quizá, esta fue la razón de peso por la cual distintas civilizaciones se empezaron a interesar en la Nebulosa de Orión. Lo cierto es que los primeros exploradores se exiliaron y dejaron el cristal a custodia de un grupo de guardianes y vigilantes que estaban comprometidos, en secreto, con la profecía del Gran Cristal. Algunos de ellos formarían parte más tarde del contingente de 32 enviados a la Tierra para sembrar la semilla de la luz.

Esa historia empezaba a adquirir otro sentido.


LA FUNDACIÓN DE SHAMBHALA

De acuerdo a la información que los Guías nos fueron revelando, luego de la destrucción de la Atlántida —en el año 10.500 AC— un grupo de 32 seres extraterrestres, representando cada uno a una civilización diferente del cosmos, todas unidas bajo un mismo propósito de luz, llegaron a la Tierra para establecer un gobierno interno positivo; es decir, plasmar en nuestro planeta un orden que ya existía en el Universo, y que se veía reflejado en la denominada «Confederación de Mundos de la Galaxia». Era el inicio de la Hermandad Blanca.

Una gran nave, de aspecto triangular y de un color blanco tan puro como la nieve, se instaló en el hoy desierto de Gobi, en Mongolia. La ubicación había sido estudiada previamente, pues en esa área del mundo, en el pasado, diversas expediciones extraterrestres se habían asentado construyendo inmensos túneles para la explotación mineral. Los 32 enviados aprovecharon la existencia de esas galerías abandonadas para adaptarlas a su misión de preservar y proteger la verdadera historia de la Tierra, que fueron «leyendo» del Registro Akásico o memoria matriz del planeta, y archivándola en una impresionante colección de planchas metálicas de ingeniosas aleaciones, semejantes al legendario «Oricalco» de Platón.

Este procedimiento era más que importante, ya que cada cierto tiempo, al completarse un ciclo cósmico, poderosas energías provenientes del espacio afectan el campo magnético de la Tierra alterando la información contenida en su «registro». En términos sencillos, los 32 enviados procuraron una «copia de respaldo» de toda esa información para que ningún fenómeno externo la perdiese para siempre.

También sabemos que fue allí donde se construyó el Gran Disco Solar, un plan maestro que procuraba «unir» los otros doce discos que provenían originalmente de un gran objeto, que fue creado en tiempos de Lemuria para conectarse con el Universo y comprender su naturaleza.

Pero la misión de los 32 poseía un ingrediente secreto: habían traído con ellos el Gran Cristal que fue hallado en la Nebulosa de Orión. Lo depositaron en una galería subterránea especialmente acondicionada para su protección, bajo el suelo del silencioso Gobi. Y cuando el Gran Cristal fue colocado, se «activó», iluminándose con un brillo esmeralda que parecía provenir de otro plano más allá de la materia. Entonces se produjo el «alumbramiento» del Gran Cristal: un pequeño objeto, de similar naturaleza, se desprendió de su madre. Aquel elemento emprendería un largo viaje a través de la superficie, mezclándose entre la humanidad en tiempos de suma trascendencia.

Ese objeto, al igual que el Gran Cristal que lo engendró, era indestructible. Pero ambos eran intensamente custodiados para que no cayeran en manos equivocadas. De hecho aquel pequeño cristal ha vuelto una y otra vez a los diferentes Retiros Interiores de Asia y de todo el mundo, pero sin integrarse nuevamente al gran objeto viviente que lo desprendió. Ello ocurrirá cuando la magna obra de la Hermandad Blanca termine.

Asociar el fragmento del Gran Cristal con la leyenda de la Diosa Umiña de los Incas, la Piedra de Chintamani de Roerich, e inclusive los primeros relatos que hablan del origen cósmico del Santo Grial, como se explicó anteriormente, no resulta descabellado.

Los 32 enviados sabían que sólo la humanidad de este planeta podría revelar el misterio y mensaje del Gran Cristal, por tanto cierta tranquilidad reposaba en sus mentes cuando se produjo el despertar y alumbramiento de su tesoro secreto. Fue así que decidieron mover la gran nave hacia el extremo oeste del desierto, donde dominan las altas y sagradas montañas del Altai. Desde allí vigilarían cada rincón del antiguo Gobi.

Hallaron en el macizo del Belukha el lugar perfecto para ocultar su nave bajo su corpulenta estructura. Luego aprovecharon la tecnología de navegación de su ingenio espacial para congelar sus cuerpos —como si fueran a emprender un largo viaje— quedando en estado de animación suspendida. Lo hacían así pues al morir en la Tierra —donde seres de otros mundos experimentan un envejecimiento prematuro— sus almas deberían volver a sus planetas de origen, y ellos aún no habían terminado su misión. De esta forma quedaron físicamente «dormidos» en sus cápsulas de hibernación, pero espiritualmente activos y vigilantes desde otro plano. Mientras la luz del Gran Cristal permaneciese encendida, cual rayo dador de vida desde su escondite secreto en el Gobi, ellos permanecieron aquí.

Este proceso supuso un traspaso de postas: desde que llegó el Gran Cristal a la Tierra los hombres más elevados del mundo, muchos de ellos supervivientes de la catástrofe de Atlántida, emprendieron viaje hacia el Gobi y el Altai, sintiendo fuertemente el llamado de los 32 y la energía de aquel objeto cósmico que ahora latía, cual luz maxin o antorcha eterna de cada Retiro Interior.

Así, el remanente de antiguas culturas antediluvianas, todos ellos seres sabios que habían comprendido el error de sus semejantes cuando se generó el divorcio entre la ciencia y la espiritualidad —como ocurrió con la Atlántida— se constituyeron en los nuevos guardianes materiales del Gobi y las altas cadenas montañosas adyacentes.

Era el inicio de Shambhala. La ciudad luz, la semilla de la Paz.


EL CUMPLIMIENTO DEL PLAN

El Gran Cristal se había enlazado mágicamente con la red nodal del planeta, conectando incluso túneles y espacios subterráneos, inundando todo con su brillo verde brillante de creación. Durante varios miles de años, los habitantes de esta humanidad subterránea, vigilante y protectora de los secretos del Gobi y las montañas, permaneció activa físicamente. Hoy en día, la mayoría de aquellos Maestros ha emigrado a otros planos, en donde continúan su magna labor.

Esto está sucediendo porque se aguarda otro cambio de postas, tal como ocurriera con el deseo de los 32 enviados de perpetuar la cadena, quedando por voluntad propia a vanguardia de que todo lo anunciado se cumpla. Los mensajeros extraterrestres conocían bien su misión, pues en anteriores oportunidades, luego de la Guerra Antigua, su Consejo había enviado diferentes misiones a lejanos mundos para sembrar la semilla de la paz. La visita de estos seres a la Tierra suponía la décima cruzada. Y quizá la última y definitiva.

Empleando términos humanos que han aprendido, y que suelen transmitir simbólicamente para que podamos comprender su importante misión, ellos denominan a su nave «la gran campana», por el mensaje que encierra de producir un llamado o «despertar» a todos los seres vivientes. Si el término «Primero de los Antiguos» alude a Jesús, dentro del contexto que estos seres manejan en el orden de un Plan Mayor —más allá del proceso de nuestros grupos de contacto—, ¿cómo se interpretaría ahora uno de los mensajes más antiguos de la Misión que habla sobre el «Nuevo Tiempo»?:

«Los tiempos serán cumplidos cuando el primero de los antiguos salga en busca de la décima campana que retronará hasta anunciar a los hombres su última prueba antes del gran día del Anrrom».

Mensaje de Oxalc recibido en Perú, 19 de junio de 1975

Quizá, esta comunicación tiene dos significados. Uno orientado al proceso del grupo como misión de contacto y la labor de sus integrantes, y otra vertiente señalando al Plan Mayor y su cumplimiento con el retorno de Jesús. En todo caso, es una revelación que dejamos aquí para ser evaluada, estudiada, y por encima de todo, sentida.

Los 32 «Hijos de la Luz», como los describe Thot el Atlante en «Las Tablas Esmeralda», están aguardando ese momento.

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